jueves, 11 de febrero de 2016

If I die young

"A penny for my thoughts
Oh no, I'll sell them for a dollar.
They're worth so much more after I'm a goner.."
The Band Perry - If I die young




La forma como actúan las personas puede ser tan extraña. A veces, olvidamos que no somos eternos...

Julio siempre fue una persona algo tímida. No solía compartir tiempo con sus compañeros. “¿Para qué preocuparme por hacer amigos? De todas formas ni nos veremos acabando esto”, solía pensar. Durante las reuniones, Julio siempre se sentaba en un extremo observando a la multitud. Prefería mantener la distancia y observar a las personas. Y mientras veía a la multitud, se perdía en un sus pensamientos. Si, Julio era una persona a la que le gustaba meditar.
No se trataba de un joven con una capacidad de meditación especial. Julio dedicaba tiempo a pensar en los motivos de las cosas, los “por que…”, “como…”, y los “y si..”. Esos pensamientos era su mayor tesoro. Julio sentía orgullo en poder ser capaz de llegar a los motivos y razones detrás de muchas cosas que observara.

Julio, también, se sentía solo por la misma razón. Aquella capacidad venia con el precio de perderse de ser parte del grupo. Por ello, Julio solía encontrarse con la cabeza reposando sobre una húmeda almohada. Aquella que era su mejor confidente. Aquella compañera que no traicionaría sus pensamientos y confianza. Julio sentía miedo. Solo aquella soledad le permitía la protección de no ser burlado por sus pensamientos. Y es que, además de su deseo de siempre ir por los motivos y razones de las personas, Julio siempre vivió bajo la sombra de sentirse parte del mundo de había nacido. Julio tenía una personalidad depresiva, según la mayoría de los especialistas que lo habían tratado. “Pasara con el tiempo, cuando crezca”, solían decir. Pero, ya con más de 25 años de existencia, lo único que había cambiado era el deseo de tener con quien hablar. Tener con quien compartir sus pensamientos, sus deseos y aspiraciones. El anhelo de ser parte de un grupo, ser querido, y ser escuchado.
Sin embargo, por más que Julio lo intentara, su peor temor se cumplía en la mayoría de las veces. Si no eran burlas, se trataban de miradas de rechazo, o el aislamiento por parte de sus pares. En otros casos, no era capaz de exponer totalmente sus pensamientos, pues era juzgado con rapidez por lo que se creía había intentado decir, y terminaba rindiéndose ante los comentarios desatinados que recibía. Ante esta situación, Julio decidió recibir tratamiento. Luego de un largo tiempo rechazando la idea, finalmente acepto que lo necesitaba. Y fue donde una profesional que pudiera atenderlo.

La terapia era de ayuda, si. Pero, había una parte de Julio no se sentía cómodo. Durante la hora que tomaba la terapia, Julio sentía que pasaba de ser una persona a solo una enfermedad ante los ojos de quien le atendía. Siempre finalizaba la sesión caminando hacia una farmacia a comprar pastillas que no sabía cuando surtirían efecto. Pues, luego de algunos meses, no sentía el cambio que tanto lo prometían.
Para Julio, si había algo que salvar de todo ello. Por consejo de la doctora, decidió abrirse más a quienes consideraba amigos. En especial, logro entablar una buena amistad con uno de ellos. Aquel a quien Julio consideraba el único que podía escucharle y le entendía. “Eres el único que me soporta”, solía decirle. Y aun después de aquel comentario, recibía una sonrisa y un abrazo, que le confirmaban que podía entenderle.

Pasado un corto tiempo, aquella negatividad que vivía con él, aquella falta de pertenencia que solía sentir, volvió con mucha más fuerza.  Y esta vez, no encontraba una salida. Siendo absorbido cada día por su oscuro mundo de pensamientos negativos, Julio busco la ayuda y oído dispuesto de quienes consideraba sus amigos. Pero, aquel rechazo y juicio apresurado que tanto temía había regresado a su vida. Ellos no lo veían. Julio no era el amigo que tantas veces les aconsejaba y ayudaba. El era solo un conjunto de problemas ahora, y nadie quería sentirse afectado por ellos.
En su momento de mayor desesperación, Julio fue en búsqueda de aquel amigo que tanto apoyo le había dando. El sabía que sería escuchado. La ayuda que tanto necesitaba estaba a solo un mensaje.
Con lágrimas ya brotando de sus ojos, Julio empezó a escribirle. Luego de un mensaje de saludo habitual, pues Julio no quería soltar sus problemas de manera tan abrupta, el intento de Julio se vio interrumpido. Su amigo, aquel confidente, se encontraba acompañado por su pareja en el momento. “No puedo interrumpirlo. No es justo que eche a perder un momento feliz con mis problemas”, pensó Julio, y decidió desviar la conversación aparentando que todo estaba bien.
Julio, hundiéndose en su mundo de tristeza, no deseaba arrastrar a más personas consigo…
Y es así que, con lo poco que visión que le permitía escribió un pequeño mensaje en su computadora, una breve carta hacia sus padres y hermanos, amigos y personas que estimaba donde se disculpaba por no ser fuerte. Finalmente, Julio se coloco su ropa favorita y salió hacia la calle sin decir palabra alguna. Julio jamás volvería por sí mismo a esa casa…
Al día siguiente, vestido de traje y bien peinado, Julio finalmente descansa.

Su vida, quizá no fue tan difícil con la de otras personas. Quizá el no vivió la lucha de otros por salir adelante ni las penas que otros consideran mayores que las suyas. Pero, para él, no existió una vida más difícil que la que le toco vivir. Julio no conoció una realidad donde perteneciera. Y no fue hasta que Julio conoció el descanso de un sueño eterno, que aquello que lo conocieron finalmente se interesaron por lo que Julio pensaba. En aquel momento, todos quisieron escucharlo, pero Julio ya no podía hablarles...


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Como Julio, existen muchas personas con problemas que necesitan ser escuchadas. 
Quizá un oido atento y solidario es todo lo que se necesita para hacer sentir que la tristeza no es eterna.
Quizá un breve momento de nuestro tiempo haga una verdadera diferencia.


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