O “Libre soy,
parte 2” (Solo que esta es la versión en inglés :3)
“Let it go! The perfect girl is gone…”
Let it go (Frozen)
Era una fría
madrugada de sábado. Después de meses de intentos, había logrado convencerle de
salir una noche, como en aquellos viejos tiempos en los que tomábamos
cantidades industriales de licor. Era gracioso, nos manteníamos “sobrios” por más
que tomáramos.
El clásico intercambio
de palabras, una que otra anécdota. Tras un ir y venir de historias, llegamos a
la fundamental de la noche. Aquel momento doloroso de las últimas semanas que
me llevó casi al límite. Consejos y comentarios vinieron. Tema concluido, dijimos.
Pero no fue así.
Es
interesante cuanto puede resistir una persona conteniendo sus sentimientos
hasta llegar a su punto de quiebre, donde todo sale como una avalancha y arrasa
con todo en su camino. Pues eso pasó. Meses de dolor contenidos en lo más profundo
salieron expulsados en pocos minutos. Tristeza, decepción, soledad. Palabras
que no me atrevía a pronunciar fueron liberadas en ese momento hasta dejar solo
un cascaron vacío de emociones tan negativas que corroían a cada segundo que seguían
guardadas.
Habiendo ya
pasado un tiempo de aquel incidente, llega un momento de realización. Aquel
enorme peso que sentía hundiendo a cada paso que daba ya no existe. Los días han
vuelto a ser hermosos, el sol brilla nuevamente, la lluvia es refrescante. No
hay más nubes grises que cubran constantemente mi cielo.
Quizá es eso
lo que siempre ha hecho falta. Quizá es que tanto contenerse no deja más que sentimientos
de decepción hacia uno mismo. No permitirte sentir, pensar, decir. Dejar que
aquella represión no haga más que formar una armadura que pueda protegerte y
repeler a los demás por temor a ser herido, solo te deja con una fría sensación
de soledad.
No se puede
vivir en un constante aislamiento pensando que tarde o temprano serás herido
por haber pensado, dicho o actuado de cierta manera, o por ser como eres.
En algún
momento, hay que mostrarse tal como eres y permitirte acercarte a otros. Y es ahí
donde descubres lo que importa en realidad, y quienes son los que valen como
amigos a tu lado.
Así me la pasaba pensando pocos días después de dar
mis tan queridos exámenes finales. Y
como no pensar así si terminas enfermándote en plenos exámenes y eres obligado
a recuperarlos aun en un pésimo estado de salud. Y se pone peor cuando ves que
tus notas no resultaron tan buenas en esas evaluaciones… ¡En fin!
Bien… Empezaron las vacaciones y aun no había mucho
que hacer. Jugar algo por ahí, ver películas, salir a aniquilar mi hígado con
mezclas exóticas de tantos tragos que ya ni recuerdo donde estoy al final de la
noche (Exagerando, claro… ¡je!) y cosas así.
Aprovechando mis días libres, me propuse arreglar
aquella zona devastada por innumerables desastres naturales (según mi madre)
que yo ya cuarto. ¡Ja!
¡Papeles, papeles y más papeles! Libros que no he
utilizado en años, lentes de sol, plumones, fotos… de todo lo que uno puede
imaginarse enterrado bajo lo que llenó siete bolsas de basura (si, fueron siete
al final). Pocas cosas sobrevivieron. Entre ellas, reapareció una serie de
libros que tiempo atrás fueron mi saga favorita: The Immortals. Eran seis libros,
de los que solo pude conseguir cuatro en físico. ¿La historia? Chica que conoce
a chico, se enamoran y son felices para siempre. Típica historia juvenil con
seres inmortales, lecturas de mentes, manifestación de objetos, fantasmas,
viajes al pasado, magia, aura y un elixir de la vida eterna. Bastante clásico, diría
yo. Pero, hablaré de ello en otra oportunidad.
Lo que llamó mi atención al final de la limpieza (y el
motivo de la entrada) fueron unas pocas páginas impresas con las diapositivas
de mi exposición de un curso, Terapias alternativas. El tema, REIKI.
Bien, algo corto del tema:
REIKI: Técnica de curación mediante imposición de
manos. Se busca la canalización, liberación y circulación de la energía propia
de la persona y del universo. Y no todos pueden hacerlo (Naces con el don o
no).
Entre las enseñanzas del fundador de esta técnica, el
monje zen Mikao Usui, se difundió un escrito con cinco principios, del maestro
zen hacia sus alumnos:
Solo por hoy…
… no te irrites
… no te preocupes
… se agradecido
… trabaja con diligencia
… se amable con los demás.
El pasado es algo que ya ocurrió, no es posible
modificarlo. El futuro aun no ocurre, el fruto y consecuencias de lo que
hagamos. El presente es lo único que existe, y donde es posible actuar.
Por eso, solo por hoy:
No te irrites, aun si la vida escapa de
nuestro control. No hay necesidad de controlar todo lo que ocurre. El miedo a
lo desconocido puede llegar a ser paralizante, pero es necesario relajarse y
confiar en que las cosas pueden salir bien.
No te
preocupes, todos nos hemos equivocado en algún
momento de nuestras vidas. Es difícil tomar las cosas con calma cuando temes
que las consecuencias de tus acciones pueden aplastarte en cualquier momento. Pero,
ya sea por algo que hicimos o por algo que está por ocurrir, no es posible
cambiar estos eventos. Solo mediante el continuo aprendizaje de lo que la vida
nos presenta, es como salimos adelante.
Se agradecido, no importa si lo que la vida y los demás nos dieron fue poco o
mucho. La vida recompensa a aquellos que agradecen y valoran lo que se les da.
A veces pueden llegar objetos de gran valor o momentos felices, quizá la vida
decide que lo mejor son experiencias que nos permitan crecer. Todo ello, en
conjunto, nos permite dar pasos más firmes hacia un futuro si es que valoramos
cada momento, experiencia o recompensa de la vida.
Trabaja con
diligencia, pues todos cumplimos un rol en esta
vida. Es importante darlo todo en cada labor que realicemos pensando en el
beneficio que otorgaras, y no tanto en el que recibes. Con ello, no solo se
abarca a lo laboral, sino también a trabajar sobre uno mismo. El ser humano
crece como persona si se permite pensar en sus acciones y emociones, mejorar
aquello que aun puede ser mejorado y preservar lo que debe ser preservado.
Se amable con
los demás, aun si no lo son siempre contigo. Una
palabra o hecho puede influir en gran medida en la vida de los demás, alegrando
o empeorando su día. Es sencillo, si mejoras el día de una persona, esa persona
podrá hacerlo a otro y así, hasta el punto que ese buen ánimo pueda incluso volver
hacia a ti cuando lo necesites. Lamentablemente, lo mismo ocurre si tus actos
son para perjudicar o dañar a otros. Da qué pensar, ¿no?
Es por ello, que el día de hoy es el día más
importante de nuestras vidas, ¡siempre!
Andando bajo la lluvia con los lentes completamente
cubiertos de pequeñas gotas que no dejan ver mi camino. El frio de aquella
noche de invierno finalmente ha caído sobre mí y, con él, cae también el peso
de la realidad. ¿Qué estoy haciendo?
Ha pasado mucho tiempo desde que me he detenido a
pensar sobre la totalidad de mis acciones, mis errores y mis aciertos. Quizá es
solo el melancólico ambiente que me rodea lo que provoca aquellos pensamientos,
pero está bien. Ya es hora de detenerme y evaluar mi vida, como en aquel día,
mi fatídico tres de mayo.
Las semanas han pasado, al igual que algunos eventos
muy duros en mi vida. Con los días llegó el descubrimiento de situaciones
inesperadas en mi familia y otros problemas, algunos más relacionados a lo sentimental
que otros.
Sobre lo de mi familia, notar que aun eres tratado
como el niño de la casa a pesar de pasar ya los veinticinco años. Saber que aun
hay cosas que se consideran no aptas para alguien tan “pequeño” como yo.
Ya ha empezado la semana final de la universidad. Sí, los
exámenes finales. Y esta vez, todos son prácticos. El primero ha sido un
desastre. Por primera vez en toda la carrera, tuve que atender a una niña de un
año y no logré que realice las actividades que había planeado con ella. Bueno, así
es la vida, ¿no? No siempre se gana.
Hace pocas horas, he regresado al que prácticamente se
ha vuelto mi segundo cuarto: la sala de emergencias. Bueno, regresado por
segunda vez. La primera fue ayer. Una crisis inusual, incluso en mis estándares,
de migraña que se complicó con otra de ansiedad, según el médico. Luego de tres
horas en aquel frio lugar, fui dado de alta con los analgésico más simples que
visto en mi vida y calmantes. ¡Benditos calmantes! No debí tomarlos.
He despertado sin la capacidad de levantarme de mi
cama, el adormecimiento de mi cuerpo es demasiado como para poder moverme con
libertad. ¡Malditos calmantes!
Pocas horas que pasan y finalmente logro levantarme
para darme cuenta que mi cuerpo no puede retener el pobre desayuno que tomé. Mareos,
debilidad y el retorno de la migraña. Estaré de regreso en emergencias. No
recuerdo más.
Despierto cuatro horas después, agotado, pero ya puedo
moverme. Me han dado de alta y voy de vuelta a casa. Solo queda una mala
noticia: he perdido un final mientras estaba en emergencias. Bueno, así es la
vida, ¿no? A veces se pierde.
Todo este tiempo recuperándome solo he oído las mismas
frases una y otra vez. “Pero, si eres tan joven”, “Deberías aprender a dejar
algunas cosa”, “No puedes cargar con todo tú solo”, “Acostúmbrate a la presión o
terminarás aplastado”.
Quizá tienen razón, quizá aun necesito crecer un poco más,
quizá me falta más tiempo. Bueno, ya
todo acabó. Ahora solo cerraré los ojos y esperaré ser otro al despertar…
"(en) Ridículo: Expuesto a la burla o al menosprecio de las gentes,
sea o no con razón justificada." (RAE 2014)
Son cerca de las 4pm de una templada tarde de mayo.
El gimnasio de la clínica se encuentra abrumadoramente
desordenado. Al parecer, la gente que lo utilizó no sabe que debe regresar las
cosas a su lugar (ya se enteraran la próxima que pase, ¡me aseguraré de ello!).
Con el cansancio y la flojera que produce el tener que
viajar de Miraflores hasta Ate en menos de una hora, me dispongo a poner todo a
un lado donde no estorbe (¡je!), seleccionar algunas cosas que utilizaré en
esta sesión y sentarme en una colchoneta a esperar que sea la hora. Ya casi
llegan mis pacientitos.
Ha pasado poco más de dos meses desde que empecé a
tratar a dos niños en la clínica. Bueno, hacer lo mejor que puedo, ya que es
solo parte de un curso práctico, pero supongo cuentan como pacientes míos. Aun
recuerdo la primera vez que nos dividieron en grupos y nos asignaron a los niños.
Estaba demasiado nervioso, no sabía bien como tratar con niños. Las manos me
sudaban ligeramente, me temblaban las piernas, la voz me salía tan baja que ni
yo la escuchaba por momentos.
Las primeras sesiones, recibíamos ayuda sobre qué actividades
realizar o cómo hablarles para que trabajen. Era sorprendente, en el momento,
la facilidad que tenia la encargada de hablarles, jugar con ellos, convencerlos
de trabajar. Algo que pensaba yo sería incapaz de hacer.
Fueron pasando las sesiones, y las cosas no mejoraban
conmigo. Se me complicaba el hacerles realizar las actividades, incluso pasé
una de las peores sesiones de mi vida con un niño que me asignaron por un día
(algo que quizá cuente en otra oportunidad).
Luego, llegó el parcial… y debía realizar una sesión con
un niño con el que no hubiera trabajado durante el ciclo. Sí, casi me da un
paro cardiaco. Si no podía con un niño que trabaje por semanas, ¿Cómo podría
con otro que recién conocería esa semana? Me preparé mental, física y
emocionalmente (si, así de complicado se me hacia). Bueno, el niño al final
nunca llegó, y tuve que trabajar con el que siempre lo hacía. Tuve suerte,
supongo.
Durante la primera sesión que le siguió al parcial, volvió
la época de estrés. Un grupo nuevo de chicas entró conmigo a trabajar con niños.
Y ahora, yo era el que tenía ligeramente más experiencia y debía explicar si no
se entendía algo. Luego, por alguna razón, mis compañeras fueron llamas de a
pocos por la profesora para explicarles y yo fui quedado solo con mis
pacientes. Y fue ahí donde las cosas se pusieron interesantes. El estar por primera
vez solo con un paciente, estar encargado de que el niño trabaje y, a la larga,
mejore tuvo un efecto inesperado. Aquel temor que merodeaba por cada rincón oculto
de mi mente fue quedando a un lado. ¿A qué le tenía miedo? Quizá a meterme en
el mundo de los niños, quizá temía hacer el ridículo si hablaba con mi
pacientita sobre las princesas de Disney, o hacia voces para que ella imaginara
que las princesas y príncipes estaban ahí. ¿Quizá tenía miedo a hacer el ridículo?
Es posible.
Han pasado algunas sesiones más con mis pacientitos, y
las cosas han mejorado. Finalmente, estoy logrando que esos pequeñitos hagan
bien su terapia, o al menos se acerquen a lo esperado (¡je!).
Quizá es por ello que muchas veces he dejado de lado
proyectos, ideas que deseaba realizar o expresar, pero temía recibir burlas de
quien me rodeara. Quizá siempre ha sido aquel miedo a hacer el ridículo lo que ponía
las trabas al futuro que deseo llegar. ¿Pero es realmente necesario sentir ese
rechazo hacia el ridículo?
El trabajar con esos niños realmente me ha dejado reflexionando
sobre cómo es que aquellos pequeñitos simplemente son ellos mismos en todo
momento. No hay temores a que se rían de ellos, no se preocupan de que pensaran
los demás o si los harán a un lado por cómo actúan. ¿Por qué es que a medida
que vamos creciendo vamos dándole más importancia a lo que pensarán los demás? ¿Por
qué el nunca hacer el ridículo es tan importante ahora?
Pienso que el ridículo es parte del crecimiento y
desarrollo de una persona. Te diferencias de los demás por cómo eres, por como
piensas, por tus errores, por lo que muestras de ti. Si todo ello es cubierto y
se oculta de los demás, ¿no estaríamos solo deteniéndonos y disolviéndonos en
una masa común donde nadie dará el primer paso a un cambio solo por temor?
Nota 1: Creo que la entrada salió algo larguita, pero
me gustó como quedó. No es tan extensa, ¿verdad? ¡Je!
Nota 2: Trabajar con niños termina sacando canas de
todos los colores posibles, ¡pero esta bonito!
Nota 3: Gracias a mi “psicólogo personal” por
mantenerme cuerdo aun después de tanta locura en la clínica.
Nota 4: Tener que aprenderte el nombre e historia de cada una de las princesas Disney ( ya van como trece, !y van en aumento!) y aplicarlas a actividades... no tiene precio -_-
Las últimas
semanas en la vida este humilde joven han sido algo extrañas. Por alguna
razón, el espectro de la muerte ha estado rondando más cerca de lo que debería
o me gustaría tenerle.
Conocidos,
algunos cercanos a personas que estimo… bueno, personas cuya partida quizá fue
demasiado pronta, o que aun se debaten y no deberían irse. A veces, ya no nos
compete decidir cuándo o quien deber irse, lamentablemente.
Frente a ello, llegó
a mi mente que, si me llega el momento (ojala aun no), desearía ser capaz de irme
sabiendo que realice aquellos sueños que invadían mi pequeña cabeza de niño, y
algunas que aun merodean por ahí.
Y aquí va mi gran
lista, 10 cosas que quisiera hacer/lograr antes de morir:
1. Dar al menos
una clase en algún curso de mi carrera
2. Pararme en un
estrado y cantar, frente a muchas personas (y me refiero a algo tipo APPLAUSE
de Lady Gaga, o BLOW ME de Pink)
3. Escribir un
libro. Uno de los tantos proyectos que dejé a medias…
4. Aprender a conducir
(aun manejo en diagonal). Si, aun me cuesta!
5. Aprender a
bailar, pero bien (aun sigo con el patentado Baile de la Piedra)
6. Encontrarme
con aquellas personas que me lastimaron (ellos lo saben) y decirles en persona
que los perdono
7. Hacer el amor
en la playa (Uhmmm yeah!)
8. Visitar todos
los departamentos de mi querido Perú
9. Pasar al menos
un año con un celular sin que se dañe, raje, rompa, etc. (me pasa tan seguido)
10. Mirarle a los
ojos y decir: “¿Ves que sí fuiste el amor de mi vida?” (y recién poder partir)
Bien, eso fue un
recuento de diez cosas que me gustaría poder realizar. Algunas son muy
sencillas, otras tomaran algo más de tiempo para poder realizarlas. Pero, se
logra una gran satisfacción al poder realizar aquellas cosas que uno se propuso
cumplir.
Esta entrada fue
creada con la finalidad de mostrar que todos tenemos sueños, aspiraciones,
deseos que nacen de algún rincón quizá ya olvidado de nuestro ser y que
muestran el tipo de persona que posiblemente seamos. También, el llegar a
realizarlos, incluso el haberlo intentado,
demuestra el compromiso que tenemos con nuestro YO, aquel que siempre está
ahí, pero que rara vez recordamos que existe. Solemos olvidar que necesitamos
un momento para consentirnos, decirnos que la batalla que luchamos día a día
vale ser peleada, y merecemos la recompensa de cumplir algunos de nuestros
deseos.
La vida es muy
corta, tan corta que a veces no llegamos a cumplir con las metas/sueños/deseos
que tuvimos...
Nota 1: A la
memoria de aquel jovencito que poco me conocía, pero se acerco a darme la mano y
saludarme años atrás por mi cumpleaños.
Nota 2: A la
memoria de aquel muchacho que, en una playa lejana, partió hacia un lugar
mejor. Gracias por mostrarme que estaba mal guardar lo que sentía.
“El
frío es parte también de mí” Libre soy (Frozen)
No, no hablaré sobre mi instintivo amor por el clima
frío que en los últimos días se ha ido asomando sigilosamente.
Esta toca contar una historia. Esta vez es algo
personal (bueno, casi todo lo que escribo es personal…)
Era ya mediados del mes de diciembre del 2011. El
contexto… llevaba algunos meses que finalmente me había librado, o creía eso
yo, de una persona muy poco grata. La vida era aun vacía para mí y deambulaba
con escasos ánimos para casi toda actividad que no sea estar metido en cama
mirando el techo de mi cuarto.
Entre tantas personas que repetían en una y otra
oportunidad que tenían que debía animarme, que me caería bien sonreír un poco,
terminé en una cita con un “especialista” que me ayudaría a salir de ese
estado. Fue una sugerencia y casi obligación a punta de escopeta, pero bueno. No
profundizaré mucho en ello.
Tras algunas semanas de terapias tan poco útiles que
ya estaba por desistir, el amable señor que escuchaba cada uno de mis poco
interesantes problemas no tuvo una mejor idea que citarme un día cualquiera (ya
que las citas eran siempre los días viernes, creo) para hablar, ya que decía no
podría el día que normalmente se daban las citas.
Llegué temprano. Había un automóvil que me parecía conocido afuera, pero no le
daba importancia, todos se ven igual para mí. Atravesé las rejas del lugar,
toque la puerta e ingresé. Enorme fue mi sorpresa al encontrar a mis padres
sentados y hablando, y en medio de ellos estaba una silla destinada para mi…
Mis padres me veían extrañados. Parecía que ni ellos sabían qué hacían ahí.
El hombre nos había citado por separado. Atemorizados, me senté entre mis
padres e intenté no mirarlos directamente. Algo en mí ya sabía lo que iba a ocurrir.
El hombre se presento amablemente (algo raro ya que
mis padres fueron los que me llevaron el primer día a ese lugar) y empezó con
una introducción al tema por el que nos cito…
“La
homosexualidad…” y hasta ahí escuchamos la
introducción. Ninguno de los tres interrumpió lo que se nos decía, pero las
miradas y expresiones lo mostraban todo. Mis padres me miraron de reojo y ya no
pude mantener la mirada en ellos. ¡Tierra,
trágame!, era todo en lo que podía pensar.
Todo gay tiene el derecho de decir cuando y como decir
este tipo de cosas, incluso el no decirlo. Pero, acababa de perder mi
oportunidad. Había llegado al punto en el que no había vuelta atrás.
Mis padres me miraron fijamente, y el hombre aquel no
dejaba de repetir su seguramente tan planeado discurso que pensaba seria digno
de reconocer. Bueno, ninguno le escuchaba ya.
Una vez terminadas sus palabras, nos preguntó si
teníamos algo que decir. ¿Acaso esperaba que no sintiéramos el golpe de haber
sido expuesto de esta forma tan inesperada? ¿Quizá creía que mis padres
tomarían esa declaración como algo simple y con poco significado?
No planeaba disculparme, claro. Uno no puede pedir
perdón por ser lo que es, tampoco avergonzarse de ello. Pero, en el momento, no
había idea alguna de que decir. El nerviosismo de la exposición fue demasiado
para mí.
Ese día no volví a casa hasta ya bien entrada la
noche. El temor de qué pasaría en el momento que entre a mi casa me
atormentaba. ¿Me botarán de casa? ¿Seré
atacado como en tantos casos que he leído en internet? ¿A dónde iré?, y
otras preguntas más rondaban mi pobre mente. Finalmente, con los pies ya
adoloridos de tanto caminar, llegué a casa…
No se ha vuelto a hablar directamente de ese tema en
mi hogar. Mi padre dejó de hacer comentarios “ligeramente” homofóbicos, como él
los llamaba. Mi madre, de tiempo en tiempo insiste, según ella bromeando, en
que debería tener una enamorada. Quizá aún queda mucho por hacer aquí, pero
podría considerarse un primer paso para cambiar las cosas. Se debe empezar por
algún lado, ¿no?
Unos meses atrás, veía están tan elogiada película
animada de Disney. Una princesa que tuvo que ocultar lo que era por temor a ser
perseguida y atacada por el pueblo que ella deseaba cuidar. Tras ser
descubierta huye y se recluye en un castillo lejos de todos pensando que es la
mejor manera de estar a salvo. Finalmente, luego de mucho drama, es “salvada”
por su hermana y recibe la aceptación y cariño de su pueblo.
Si bien existen muchos temas que sacar de aquella
película (depende de cómo la veas), hay una parte con la que simplemente no
pude evitar sentirme identificado. La libertad de sentir que aquel secreto que
sentías te carcomía por dentro ya no existe, es indescriptible. Ya no hay miedo
a como reaccionaran, pues ya viviste el momento que tanto temías, ya quedo
atrás. Incluso, parte de la canción que acompaña su huida explica sus
sentimiento de liberación y, más importante aún, aceptación de lo que es.
Aquello que ella mantenía como un secreto no la definía más, sino era solo una
parte más de ella.
Quizá también es momento cambiar un poco las cosas,
quizá ya es tiempo de decir “ser gay es parte también de mí”.
Como dicen
que no hay primera sin segunda, aquí va la parte dos de mi historia llena de
rumores y falsedades. Esta vez, sazonada con más humor que hígado (a diferencia
de la parte uno) e inspirada en una de mis películas favoritas: EASY A (o Se
dice de mí, en algunos países).
Y sin más
introducciones, ¡aquí va!
Parte 1: Cuervo uno, cuervo dos,
cuervo tres y el chico que terminó muy picoteado, ¡pero aprendió!
La frase dice
así: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Bien, a estos tres no los crié, ya
me llegaron así. Y que mal hice al querer ser bueno con esas aves negras…
Cuervo uno… ¿Cuerva? Sí, digámosle cuerva. Género
femenino. Entre los 16 y 17 años. ¡Mujer de sonrisa inocente, pero corazón de
un color negro cuervo bien oscuro! ¿Y cómo no decirlo? Intentó amarrarme con su
aun-no-nacido hijo cuando bien sabíamos la inocente criatura no tenía nada mío
(De agarraditas de mano no salen los niños, eso lo tenía bien claro). No caí en
ello, por algún tiempo se dijo que no reconocí a mi hijo. ¿Es en serio?
Cuervo dos. O
Slender Man (¡Igualiiiito!). Como dice el refrán: “Caras vemos, lo que hace
cuando te vas de su casa, no sabemos”. Bueno, eso. Lo que uno se termina
enterando. Y este no vino solo. Cierto perrito guardián le seguía. Me hicieron
la vida imposible meses después de que acabó todo. Recuento de los daños: de
tiempo en tiempo me encuentro con nuevas historias sobre mí, todas falsas, pero
divertidas.
Cuervo tres.
“El chico de mis pesadillas”. Bastante literal el nombre. Aun da algo de
escalofríos recordar la historia. Nada agradable. Prefiero no profundizar mucho
aquí. Eso sí, sin rencores. No estoy seguro si los rumores de aquí son suyos o
solo creados por sus “amigos”. No diré más.
Y con la
historia de los tres cuervos concluida, llega la parte más actual…
Parte 2: Inexactitudes terminológicas y
el panetón que no quieren repetir.
“Prefiero que hablen mal de mí a que no hablen”
¿Quién fue el
genio que dijo eso? No, no es agradable que hablen tanto y tan mal de ti.
Bien, las
inexactitudes terminológicas han sido abundantes. Si bien los rumores sobre mí
ya existían, en los últimos meses parece que surgió una tendencia a crear
historias sobre mí, ¿o quizá son solo malinterpretaciones de la realidad? La
cosa es que están ahí.
No diré de
donde vienen o cual es la intención de este ser al hablar así de mí (en
especial porque aun no doy con una explicación coherente con respecto al por
qué de decir esas cosas). Solo decir educadamente que por favor esas historias
las metas… bueno, se capta la idea.
Escuche una
frase hace algunas semanas. “¿Quieren que me coma ESO? Ese panetón ya no lo
repito” Hablaban de una persona. Un panetón que ya medio Lima lo
probó. Fue gracioso. Me alegró el día.
Y sin ahondar
mucho (no quiero dar gustos…), toca algo más tranquilo.
Parte 3: Ni un santo ni un pecador, quizá
un bicho raro. Pero, sí soy bien bueno.
“Pero si yo
soy bien bueno”
Quien me
conoce, sabe que no rechazo la ayuda ni a mi peor enemigo. Soy extraño.
Sé lo que es
necesitar un apoyo en distintos momentos, así que lo ofrezco si me lo piden.
Tengo mi
carácter también, lo sé. Pasa muy poco que pierdo la paciencia. Puedo ser
bastante paciente con las personas, “pero cuando exploto, ¡Exploto!”
No soy TAN
mala persona, en serio. Son solo las inexactitudes que me hacen quedar mal. No
soy un santo tampoco, y sí que cometí mis errores, pero nada de ello tuvo una
mala intención. Claro, nadie se interesó mucho por lo detalles y por ahí
volaron los rumores. Bueno.
Parte 4: Perro, gato y pericote
“Los perros
suelen ladrar a quien no conocen. Los gatos ignoran a quien no le agrada o
quien está debajo de ellos. Los ratones prefieren huir y seguir sus vidas, pero
arrincona uno y saldrás mal”