martes, 3 de junio de 2014

Ridículo

"(en) Ridículo: Expuesto a la burla o al menosprecio de las gentes,
sea o no con razón justificada."
(RAE 2014)



Son cerca de las 4pm de una templada tarde de mayo.
El gimnasio de la clínica se encuentra abrumadoramente desordenado. Al parecer, la gente que lo utilizó no sabe que debe regresar las cosas a su lugar (ya se enteraran la próxima que pase, ¡me aseguraré de ello!).
Con el cansancio y la flojera que produce el tener que viajar de Miraflores hasta Ate en menos de una hora, me dispongo a poner todo a un lado donde no estorbe (¡je!), seleccionar algunas cosas que utilizaré en esta sesión y sentarme en una colchoneta a esperar que sea la hora. Ya casi llegan mis pacientitos.

Ha pasado poco más de dos meses desde que empecé a tratar a dos niños en la clínica. Bueno, hacer lo mejor que puedo, ya que es solo parte de un curso práctico, pero supongo cuentan como pacientes míos. Aun recuerdo la primera vez que nos dividieron en grupos y nos asignaron a los niños. Estaba demasiado nervioso, no sabía bien como tratar con niños. Las manos me sudaban ligeramente, me temblaban las piernas, la voz me salía tan baja que ni yo la escuchaba por momentos.
Las primeras sesiones, recibíamos ayuda sobre qué actividades realizar o cómo hablarles para que trabajen. Era sorprendente, en el momento, la facilidad que tenia la encargada de hablarles, jugar con ellos, convencerlos de trabajar. Algo que pensaba yo sería incapaz de hacer.
Fueron pasando las sesiones, y las cosas no mejoraban conmigo. Se me complicaba el hacerles realizar las actividades, incluso pasé una de las peores sesiones de mi vida con un niño que me asignaron por un día (algo que quizá cuente en otra oportunidad).
Luego, llegó el parcial… y debía realizar una sesión con un niño con el que no hubiera trabajado durante el ciclo. Sí, casi me da un paro cardiaco. Si no podía con un niño que trabaje por semanas, ¿Cómo podría con otro que recién conocería esa semana? Me preparé mental, física y emocionalmente (si, así de complicado se me hacia). Bueno, el niño al final nunca llegó, y tuve que trabajar con el que siempre lo hacía. Tuve suerte, supongo.
Durante la primera sesión que le siguió al parcial, volvió la época de estrés. Un grupo nuevo de chicas entró conmigo a trabajar con niños. Y ahora, yo era el que tenía ligeramente más experiencia y debía explicar si no se entendía algo. Luego, por alguna razón, mis compañeras fueron llamas de a pocos por la profesora para explicarles y yo fui quedado solo con mis pacientes. Y fue ahí donde las cosas se pusieron interesantes. El estar por primera vez solo con un paciente, estar encargado de que el niño trabaje y, a la larga, mejore tuvo un efecto inesperado. Aquel temor que merodeaba por cada rincón oculto de mi mente fue quedando a un lado. ¿A qué le tenía miedo? Quizá a meterme en el mundo de los niños, quizá temía hacer el ridículo si hablaba con mi pacientita sobre las princesas de Disney, o hacia voces para que ella imaginara que las princesas y príncipes estaban ahí. ¿Quizá tenía miedo a hacer el ridículo? Es posible.

Han pasado algunas sesiones más con mis pacientitos, y las cosas han mejorado. Finalmente, estoy logrando que esos pequeñitos hagan bien su terapia, o al menos se acerquen a lo esperado (¡je!).


Quizá es por ello que muchas veces he dejado de lado proyectos, ideas que deseaba realizar o expresar, pero temía recibir burlas de quien me rodeara. Quizá siempre ha sido aquel miedo a hacer el ridículo lo que ponía las trabas al futuro que deseo llegar. ¿Pero es realmente necesario sentir ese rechazo hacia el ridículo?
El trabajar con esos niños realmente me ha dejado reflexionando sobre cómo es que aquellos pequeñitos simplemente son ellos mismos en todo momento. No hay temores a que se rían de ellos, no se preocupan de que pensaran los demás o si los harán a un lado por cómo actúan. ¿Por qué es que a medida que vamos creciendo vamos dándole más importancia a lo que pensarán los demás? ¿Por qué el nunca hacer el ridículo es tan importante ahora?
Pienso que el ridículo es parte del crecimiento y desarrollo de una persona. Te diferencias de los demás por cómo eres, por como piensas, por tus errores, por lo que muestras de ti. Si todo ello es cubierto y se oculta de los demás, ¿no estaríamos solo deteniéndonos y disolviéndonos en una masa común donde nadie dará el primer paso a un cambio solo por temor?

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¡Y ahí vienen las notas!
Nota 1: Creo que la entrada salió algo larguita, pero me gustó como quedó. No es tan extensa, ¿verdad? ¡Je!
Nota 2: Trabajar con niños termina sacando canas de todos los colores posibles, ¡pero esta bonito!
Nota 3: Gracias a mi “psicólogo personal” por mantenerme cuerdo aun después de tanta locura en la clínica.
Nota 4: Tener que aprenderte el nombre e historia de cada una de las princesas Disney ( ya van como trece, !y van en aumento!) y aplicarlas a actividades... no tiene precio -_-


martes, 6 de mayo de 2014

10 cosas que hacer antes de morir


Las últimas semanas en la vida este humilde joven han sido algo extrañas. Por alguna razón, el espectro de la muerte ha estado rondando más cerca de lo que debería o me gustaría tenerle.
Conocidos, algunos cercanos a personas que estimo… bueno, personas cuya partida quizá fue demasiado pronta, o que aun se debaten y no deberían irse. A veces, ya no nos compete decidir cuándo o quien deber irse, lamentablemente.
Frente a ello, llegó a mi mente que, si me llega el momento (ojala aun no), desearía ser capaz de irme sabiendo que realice aquellos sueños que invadían mi pequeña cabeza de niño, y algunas que aun merodean por ahí.

Y aquí va mi gran lista, 10 cosas que quisiera hacer/lograr antes de morir:
1. Dar al menos una clase en algún curso de mi carrera
2. Pararme en un estrado y cantar, frente a muchas personas (y me refiero a algo tipo APPLAUSE de Lady Gaga, o BLOW ME de Pink)
3. Escribir un libro. Uno de los tantos proyectos que dejé a medias…
4. Aprender a conducir (aun manejo en diagonal). Si, aun me cuesta!
5. Aprender a bailar, pero bien (aun sigo con el patentado Baile de la Piedra)
6. Encontrarme con aquellas personas que me lastimaron (ellos lo saben) y decirles en persona que los perdono
7. Hacer el amor en la playa (Uhmmm yeah!)
8. Visitar todos los departamentos de mi querido Perú
9. Pasar al menos un año con un celular sin que se dañe, raje, rompa, etc. (me pasa tan seguido)
10. Mirarle a los ojos y decir: “¿Ves que sí fuiste el amor de mi vida?” (y recién poder partir)

Bien, eso fue un recuento de diez cosas que me gustaría poder realizar. Algunas son muy sencillas, otras tomaran algo más de tiempo para poder realizarlas. Pero, se logra una gran satisfacción al poder realizar aquellas cosas que uno se propuso cumplir.

Esta entrada fue creada con la finalidad de mostrar que todos tenemos sueños, aspiraciones, deseos que nacen de algún rincón quizá ya olvidado de nuestro ser y que muestran el tipo de persona que posiblemente seamos. También, el llegar a realizarlos, incluso el haberlo intentado,  demuestra el compromiso que tenemos con nuestro YO, aquel que siempre está ahí, pero que rara vez recordamos que existe. Solemos olvidar que necesitamos un momento para consentirnos, decirnos que la batalla que luchamos día a día vale ser peleada, y merecemos la recompensa de cumplir algunos de nuestros deseos.

La vida es muy corta, tan corta que a veces no llegamos a cumplir con las metas/sueños/deseos que tuvimos...


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Nota 1: A la memoria de aquel jovencito que poco me conocía, pero se acerco a darme la mano y saludarme años atrás por mi cumpleaños.
Nota 2: A la memoria de aquel muchacho que, en una playa lejana, partió hacia un lugar mejor. Gracias por mostrarme que estaba mal guardar lo que sentía.

viernes, 4 de abril de 2014

Soundtrack personal: Libre soy

“El frío es parte también de mí”
Libre soy (Frozen)



No, no hablaré sobre mi instintivo amor por el clima frío que en los últimos días se ha ido asomando sigilosamente.
Esta toca contar una historia. Esta vez es algo personal (bueno, casi todo lo que escribo es personal…)

Era ya mediados del mes de diciembre del 2011. El contexto… llevaba algunos meses que finalmente me había librado, o creía eso yo, de una persona muy poco grata. La vida era aun vacía para mí y deambulaba con escasos ánimos para casi toda actividad que no sea estar metido en cama mirando el techo de mi cuarto.
Entre tantas personas que repetían en una y otra oportunidad que tenían que debía animarme, que me caería bien sonreír un poco, terminé en una cita con un “especialista” que me ayudaría a salir de ese estado. Fue una sugerencia y casi obligación a punta de escopeta, pero bueno. No profundizaré mucho en ello.
Tras algunas semanas de terapias tan poco útiles que ya estaba por desistir, el amable señor que escuchaba cada uno de mis poco interesantes problemas no tuvo una mejor idea que citarme un día cualquiera (ya que las citas eran siempre los días viernes, creo) para hablar, ya que decía no podría el día que normalmente se daban las citas.
Llegué temprano. Había un automóvil que me parecía conocido afuera, pero no le daba importancia, todos se ven igual para mí. Atravesé las rejas del lugar, toque la puerta e ingresé. Enorme fue mi sorpresa al encontrar a mis padres sentados y hablando, y en medio de ellos estaba una silla destinada para mi…
Mis padres me veían extrañados.  Parecía que ni ellos sabían qué hacían ahí. El hombre nos había citado por separado. Atemorizados, me senté entre mis padres e intenté no mirarlos directamente. Algo en mí ya sabía lo que iba a ocurrir.
El hombre se presento amablemente (algo raro ya que mis padres fueron los que me llevaron el primer día a ese lugar) y empezó con una introducción al tema por el que nos cito…
“La homosexualidad…” y hasta ahí escuchamos la introducción. Ninguno de los tres interrumpió lo que se nos decía, pero las miradas y expresiones lo mostraban todo. Mis padres me miraron de reojo y ya no pude mantener la mirada en ellos. ¡Tierra, trágame!, era todo en lo que podía pensar.
Todo gay tiene el derecho de decir cuando y como decir este tipo de cosas, incluso el no decirlo. Pero, acababa de perder mi oportunidad. Había llegado al punto en el que no había vuelta atrás.
Mis padres me miraron fijamente, y el hombre aquel no dejaba de repetir su seguramente tan planeado discurso que pensaba seria digno de reconocer. Bueno, ninguno le escuchaba ya.
Una vez terminadas sus palabras, nos preguntó si teníamos algo que decir. ¿Acaso esperaba que no sintiéramos el golpe de haber sido expuesto de esta forma tan inesperada? ¿Quizá creía que mis padres tomarían esa declaración como algo simple y con poco significado?
No planeaba disculparme, claro. Uno no puede pedir perdón por ser lo que es, tampoco avergonzarse de ello. Pero, en el momento, no había idea alguna de que decir. El nerviosismo de la exposición fue demasiado para mí.

Ese día no volví a casa hasta ya bien entrada la noche. El temor de qué pasaría en el momento que entre a mi casa me atormentaba. ¿Me botarán de casa? ¿Seré atacado como en tantos casos que he leído en internet? ¿A dónde iré?, y otras preguntas más rondaban mi pobre mente. Finalmente, con los pies ya adoloridos de tanto caminar, llegué a casa…

No se ha vuelto a hablar directamente de ese tema en mi hogar. Mi padre dejó de hacer comentarios “ligeramente” homofóbicos, como él los llamaba. Mi madre, de tiempo en tiempo insiste, según ella bromeando, en que debería tener una enamorada. Quizá aún queda mucho por hacer aquí, pero podría considerarse un primer paso para cambiar las cosas. Se debe empezar por algún lado, ¿no?

Unos meses atrás, veía están tan elogiada película animada de Disney. Una princesa que tuvo que ocultar lo que era por temor a ser perseguida y atacada por el pueblo que ella deseaba cuidar. Tras ser descubierta huye y se recluye en un castillo lejos de todos pensando que es la mejor manera de estar a salvo. Finalmente, luego de mucho drama, es “salvada” por su hermana y recibe la aceptación y cariño de su pueblo.
Si bien existen muchos temas que sacar de aquella película (depende de cómo la veas), hay una parte con la que simplemente no pude evitar sentirme identificado. La libertad de sentir que aquel secreto que sentías te carcomía por dentro ya no existe, es indescriptible. Ya no hay miedo a como reaccionaran, pues ya viviste el momento que tanto temías, ya quedo atrás. Incluso, parte de la canción que acompaña su huida explica sus sentimiento de liberación y, más importante aún, aceptación de lo que es. Aquello que ella mantenía como un secreto no la definía más, sino era solo una parte más de ella.
Quizá también es momento cambiar un poco las cosas, quizá ya es tiempo de decir “ser gay es parte también de mí”.

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Y el momento de las NOTAS!!
Nota 1: Por fin logre terminar el post!! (Se supone que saldría apenas pasen los Oscar)
Nota 2: Si, quizá si la película hubiera salido antes, habría aparecido igual con mi vestido… No, para nada…
Nota 3: Amo el friecito que va apareciendo en estos días, pero ando agripado. Que mal!
Nota 4: Me gusta más la versión latina, la original suena muy... fría! (ja!)


domingo, 2 de marzo de 2014

Se dice de mí (parte II)

“La historia llena de rumores y totalmente FALSA
de cómo arruiné mi impecable reputación”
Easy A




Como dicen que no hay primera sin segunda, aquí va la parte dos de mi historia llena de rumores y falsedades. Esta vez, sazonada con más humor que hígado (a diferencia de la parte uno) e inspirada en una de mis películas favoritas: EASY A (o Se dice de mí, en algunos países).
Y sin más introducciones, ¡aquí va!

Parte 1: Cuervo uno, cuervo dos, cuervo tres y el chico que terminó muy picoteado, ¡pero aprendió!
La frase dice así: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Bien, a estos tres no los crié, ya me llegaron así. Y que mal hice al querer ser bueno con esas aves negras…
Cuervo uno…  ¿Cuerva? Sí, digámosle cuerva. Género femenino. Entre los 16 y 17 años. ¡Mujer de sonrisa inocente, pero corazón de un color negro cuervo bien oscuro! ¿Y cómo no decirlo? Intentó amarrarme con su aun-no-nacido hijo cuando bien sabíamos la inocente criatura no tenía nada mío (De agarraditas de mano no salen los niños, eso lo tenía bien claro). No caí en ello, por algún tiempo se dijo que no reconocí a mi hijo. ¿Es en serio?
Cuervo dos. O Slender Man (¡Igualiiiito!). Como dice el refrán: “Caras vemos, lo que hace cuando te vas de su casa, no sabemos”. Bueno, eso. Lo que uno se termina enterando. Y este no vino solo. Cierto perrito guardián le seguía. Me hicieron la vida imposible meses después de que acabó todo. Recuento de los daños: de tiempo en tiempo me encuentro con nuevas historias sobre mí, todas falsas, pero divertidas.
Cuervo tres. “El chico de mis pesadillas”. Bastante literal el nombre. Aun da algo de escalofríos recordar la historia. Nada agradable. Prefiero no profundizar mucho aquí. Eso sí, sin rencores. No estoy seguro si los rumores de aquí son suyos o solo creados por sus “amigos”. No diré más.

Y con la historia de los tres cuervos concluida, llega la parte más actual…


Parte 2: Inexactitudes terminológicas y el panetón que no quieren repetir.
“Prefiero que hablen mal de mí a que no hablen”
¿Quién fue el genio que dijo eso? No, no es agradable que hablen tanto y tan mal de ti.
Bien, las inexactitudes terminológicas han sido abundantes. Si bien los rumores sobre mí ya existían, en los últimos meses parece que surgió una tendencia a crear historias sobre mí, ¿o quizá son solo malinterpretaciones de la realidad? La cosa es que están ahí.
No diré de donde vienen o cual es la intención de este ser al hablar así de mí (en especial porque aun no doy con una explicación coherente con respecto al por qué de decir esas cosas). Solo decir educadamente que por favor esas historias las metas… bueno, se capta la idea.
Escuche una frase hace algunas semanas. “¿Quieren que me coma ESO? Ese panetón ya no lo repito” Hablaban de una persona. Un panetón que ya medio Lima lo probó. Fue gracioso. Me alegró el día.

Y sin ahondar mucho (no quiero dar gustos…), toca algo más tranquilo.


Parte 3: Ni un santo ni un pecador, quizá un bicho raro. Pero, sí soy bien bueno.
“Pero si yo soy bien bueno”
Quien me conoce, sabe que no rechazo la ayuda ni a mi peor enemigo. Soy extraño.
Sé lo que es necesitar un apoyo en distintos momentos, así que lo ofrezco si me lo piden.
Tengo mi carácter también, lo sé. Pasa muy poco que pierdo la paciencia. Puedo ser bastante paciente con las personas, “pero cuando exploto, ¡Exploto!”

No soy TAN mala persona, en serio. Son solo las inexactitudes que me hacen quedar mal. No soy un santo tampoco, y sí que cometí mis errores, pero nada de ello tuvo una mala intención. Claro, nadie se interesó mucho por lo detalles y por ahí volaron los rumores. Bueno.


Parte 4: Perro, gato y pericote
“Los perros suelen ladrar a quien no conocen. Los gatos ignoran a quien no le agrada o quien está debajo de ellos. Los ratones prefieren huir y seguir sus vidas, pero arrincona uno y saldrás mal”
(Interpretación libre)


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Nota 1: Creo que con esto ya concluyo el tema de los rumores. Por ahora no tengo más que decir.
Nota 2: Gracias a quienes aun están ahí y creen más en lo que ven que hago que en lo que se dice.
Nota 3: Sí, yo soy BIEN bueno y también exploto, y EXPLOTO (a lo monsefuana)
Nota 4: Casi una hora pensando como poner lo de "parte II" del título, que feo.

domingo, 2 de febrero de 2014

Once



6 a.m. y es hora de levantarse de mi tan cómoda cama y empezar a alistarme. La flojera típica de cada mañana gana la batalla y, media hora después, de un salto me dirijo a la ducha y por fin inicio mi ritual de cada mañana.
Las calles no están tan saturadas como en otras épocas del año. Las vacaciones, nadie sale de su casa, me digo. Llego temprano a la clínica, soy de los primeros en llegar. Incluso mucho antes que los internos (¡ja!). Como sobra tiempo, hago una rápida llamadita a mi querido joven enamorado que va por su segundo día en el nuevo trabajo (¡Genial! Empezamos ambos en la misma semana). Palabras de cariño van y vienen, una que otra joda por ahí y los buenos deseos de que ambos tengamos un excelente día.

8:10 a.m. y el profesor ya esta mirándome con cara de pocos amigos. Bien, el tiempo voló y muy rápido. Consigo un casillero en el depósito de la clínica y me dirijo a que me expliquen mis obligaciones durante estas semanas. Las primeras horas son bastante relajadas. Mi única labor es ir por los instrumentos y agentes que se necesiten y regresarlos una vez que ya no sean necesarios. Bastante simple. Finalmente, llegan las 11. Una hora más para poder retirarme por el día. Y es ahí cuando ocurre lo interesante.

Una voz desde la sala de espera captó mi atención. Era más aguda de lo normal, y lo que decía no podía entenderse con claridad. Se escuchaban el sonido de una silla de ruedas movilizarse por el pasillo y el sonido de la voz se volvía más fuerte, pero no más nítido. Como aun estaba ocupado con mover algunas cosas, dejé prestar atención y me concentré en mis deberes. A los pocos minutos, tuve que dejar mi sencilla tarea y me dirigí al gimnasio a apoyar en el tratamiento del paciente recién llegado. 
Lo que vi me sorprendió. Un joven se encontraba sentado en una de las colchonetas, con una pierna en posición algo fuera de la común, el brazo y mano de ese mismo lado se movía poco fuera de su control y presentaba rasgos de un problema neurológico en el rostro. Lo llamaré Juan, para facilitar un poco. A su lado, el interno intentaba guiarlo para que sentara en una pelota Bobath, pero era obvio que le faltaban manos para controlar la situación. Era momento de cumplir como apoyo. Realizamos algunos ejercicios, todos en aquella pelota y siempre sujetándolo. Se veía la enorme dificultad que implicaban aquellos ejercicios para el paciente. Y con la rapidez que llegó, se acabó el tiempo de sesión, y Juan tuvo que irse. Así acabo mi primer día.

Pasaron unas dos semanas. Pacientes iban y venían. Los horarios se fueron acomodando y ya casi no quedaba tiempo libre. Claro, hablando de los internos. Yo, me limitaba a llevar los instrumentos y eso. Nada especial. “Hacer hora” como dicen, hasta las 11, que llegaba Juan y se requería de mi ayuda. No me quejo, me gusta trabajar con él. Los últimos días, ha mostrado una buena mejoría para controlar sus movimientos. Me sorprende. Pero, más que la rapidez de cómo va evolucionando, me impresiona la actitud con la que se enfrenta a todo.
Desde que llegó, Juan se mostró dándolo todo en los ejercicios, nunca quejándose e incluso exigiéndose aun más para completar las tareas que se le proponen.

Ahora, aquel joven que progresa de forma muy satisfactoria es un gran ejemplo de cómo enfrentarse a la vida: siempre con una sonrisa, siempre viendo que es posible salir adelante y luchar para obtener aquello que tanto quiere (la mejoría y mayor control de sus miembros, en su caso). Es posible que haya situaciones en la que la frustración cubra aquel ánimo y el rostro sea opacado por la tristeza, desesperación o sentimientos de no poder dar más. Pero, así como Juan, tras luchar tanto y darlo todo en cada sesión, ha logrado mejorar, también podríamos llegar a obtener lo que deseamos luego de dar nuestro máximo y no rendirnos ante la adversidad.

Por otro lado, Juan es también un recordatorio de que no debemos dar las cosas por sentado, que tomemos lo que tenemos como algo que siempre estará ahí, pues lo que un momento nos pertenecía, puede perderse en un abrir y cerrar de ojos. El poder abrir los ojos cada mañana y ver aquel molesto sol, el poder mover las piernas y avanzar hacia donde deseamos movernos, el poder sonreír con facilidad, y muchas otras cosas más. Todo ello, lo realizamos con tanta facilidad que muchas veces olvidamos lo valiosas y bellas que son. Esto incluye también a las personas que tenemos a nuestro lado: padres, hermanos, amigos, pareja. A veces actuamos como si aquello que está a nuestro lado va a estar eternamente ahí, que jamás nos va a dejar. Pero, nada es fijo en esta vida, y muchas veces, tenemos que perder algo para realmente valorarlo.

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Bueno, ¡la primera entrada post premiación llegó! Y aquí va el agradecimiento para aquellas personitas que votaron por mí y me permitieron obtener el Primer Lugar en Mejor Blog (por elección del público) y al jurado por mi Segundo Lugar en Mejor Blog (por elección del jurado). Permitieron a este muchacho sentirse feliz de no haber cerrado el blog meses atrás (y claro que mi señorito enamorado ayudó amenazando con morderme si lo hacía). En serio, ¡gracias! Y queda escrito aquí: Gracias “R” por apoyarme siempre y ser mi primordial inspiración.

Y ahora las notas!!!

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Nota1: Algunos datos y hecho cambiaron un poco (en especial el nombre) para proteger la identidad del paciente.
Nota2: ¡Amo mi carrera!
Nota3: Tengo un nombre y no es CACHORRITO xD

lunes, 18 de noviembre de 2013

Fantasmas


- Creo que hay un fantasma en la casa
- No me vengas con eso, no existen los fantasmas - dijo mi madre
- Pues yo lo vi. Un niño de unos 10 años vestido de blanco me saludó en la noche
- Te va a caer algo encima si no paras con eso

Y así fue como terminó la primera y única conversación con mi madre sobre aquel extraño niño que aparecía una que otra madrugada en la escalera de mi casa. Ella nunca me creyó, pero yo si lo pude ver por un tiempo, hasta hace casi un año atrás.
Si, un niño se me aparecía constantemente. Nunca me habló ni hizo algún otro intento de comunicarme, solo se quedaba ahí de pie observándome, como si únicamente buscara demostrar que existe, que está ahí y nada podía hacerse para que se fuera. Eso creía yo. Una noche, finalmente, le deje de hacer caso. Pasaba frente a la escalera y me iba de largo (algo lejitos de él, claro). Con el pasar de las noches, hubo días que ya no aparecía, pasaron semanas, paso el primer mes, y no volvió (hasta ahora… ¡no vengas!).

Lamentablemente, tras desaparecer ese fantasma, llegó otro.  Esta vez, no llegó como clásica aparición que nadie se da cuenta desde cuando estuvo ahí. Este ser llegó a mí como un ser viviente. Respiraba, reía, gritaba como persona. También, odiaba. Mostraba mucho rencor. Se manifestó como un ser positivo, que jamás podría hacer daño a otro ser viviente. Este ser, hizo mucho daño.
Con el tiempo, su forma física se fue. No ha vuelto. Pero, el fantasma de su existencia aun deambula por donde yo vaya. Me persigue, busca seguir hiriendo. No quiere dejarme libre.

Y es que, ¿no todos tenemos un fantasma con nosotros? Un recuerdo, una memoria que nos persigue. Sea bueno o malo, es una parte de nuestras vida que no deja de seguirnos, o quizá no dejamos que se vaya. No es por masoquismo, no siempre queremos mantener el dolor latente.
El fantasma de un bello pasado en el que tuvimos experiencias que no deseamos olvidar jamás, o un ente que no deja de recordarnos los errores cometidos, nuestras fallas, nuestras dudas. Están ahí, quizá por mucho tiempo. Y, tal vez, realmente no deseamos que se vayan. “El humano vive de sus recuerdos”, escuche una vez. Somos seres que necesitamos de un recordatorio de aquel pasado hermoso, o de aquel pasado tormentoso que vivimos y deseamos no volver a repetir.
Pero, por más que intentemos mantener el recuerdo de una hermosa vida pasada, esta siempre quedara atrás. Nuestro tiempo es lineal, lo pasado no volverá. Por otro lado, cuanto más mantengamos aquel recuerdo negativo con nosotros, mayor será el tiempo que prolongaremos la pesadilla de la cual quisimos escapar.

Quizá tome tiempo dejarlos ir, quizá algunos se rehúsen a desaparecer, pero a veces solo basta con ignorar a nuestros fantasmas para que ellos decidan irse por su cuenta. Otras veces, como con los entes sobrenaturales reales, se necesita de un tercero que venga a alejar con todo medio posible a estos fantasmas para que podamos finalmente descansar. 


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Nota 1: Eran 3 fantasmas... Un niño, una joven en la puerta principal y otra en el patio de mi casa.
Nota 2: El "fantasma que fue antes humano" ya no está rondando.
Nota 3: Sentí algo tocarme el hombro al terminar de escribir esta entrada...

jueves, 17 de octubre de 2013

Cuando más lo necesito

“Ámame cuando menos lo merezca, 
ya que es cuando más lo necesito” 
 Proverbio chino


¿Alguna vez que haz sentido tan decepcionado de alguien que piensas ya no hay esperanza en los demás? Supongo que sí, es raro que a lo largo de una vida no te cruces con personas deshonestas, violentas, traidores, entre otros. Y muchas veces es fácil caer en frases como “todos son iguales” o “todos te fallan”, llegando a tomar el daño ocasionado por una persona y proyectarlo como algo que se debe esperar de todo ser con el que te cruces.
Poco a poco, vas hundiéndote en la desconfianza y desesperanza, dudas hasta de tu sombra pensando que incluso aquella proyección puede llegar a traicionar tu confianza. Nos cerramos a los demás y preferimos vivir en aquella supuesta soledad que creemos nos protegerá de futuros daños. Y, finalmente, caemos en la repetición de aquellas actitudes que nos afectaron en el intento (sea de forma conciente o inconciente) de dejar de ser la víctima y convertirnos en el victimario. Herir antes de ser herido.

Pero, ¿es necesario continuar con aquella aparentemente interminable cadena de victimas y victimarios? ¿No hay una mejor manera? Quizá solo basta con un ser piadoso que se detenga a vernos, que escuche el pedido de ayuda  que tanto luchamos por dejar salir, pero que es opacado por actitudes hirientes o deseos de venganza a los que nos vamos acostumbrando. Quizá no necesitamos que nos digan que está mal pensar de manera tan dañina hacia los demás, sino hacernos sentir que pueden entendernos, que saben lo que se siente vivir con ello, que no estamos solos.


Ámame cuando menos lo merezca...
cuando sienta que ya no queda más esperanza,
ya que es cuando más lo necesito…